L'Important
Supongo -quiero suponer- que el reloj de cuarzo sigue funcionando igual que el día en que lo estrenamos y la Tierra quedó atrás. Según Artxa -así se llamaba el reloj-, hace casi una década que comenzó la cuenta atrás. El segundo cero marcó el principio de un estudio sobre las fobias que aparecen en la relación entre dos personas de diferente sexo, sometidas al régimen de soledad que proporciona una nave espacial no muy grande, con la misión-excusa de analizar las distintas sustancias que giran alrededor de Saturno y que forman sus fantasmales anillos.
Mi compañero, Zane Speer, experto en movimientos giratorios, velocidades/pesos, anomalías gravitatorias, tiempos, manejo de armas pesadas, motores de titanio y uranio, radiaciones lentas, combinaciones cromáticas, matemáticas y verbales, y un montón de cosas más, había conseguido la plaza para esta nave, L'Important, sin pretenderlo. El asunto fue un concurso en una emisora de onda media en el que un jurado cualificado puntuaba el grado de desesperación de los concursantes (nada importante, el premio eran quinientos dólares). Speer, alentado por su madre y su hermana, se presentó al concurso y consiguió en la primera ronda que cuatro de los siete miembros del jurado se suicidaran durante el descanso. A través de los diarios, la noticia llegó a una sección del Estado -Inteligencia- y alguien con el suficiente poder en esa corporación opinó que era una de las dos personas adecuadas para el proyecto.
La otra persona soy yo. Supongo que esta explicación debería bastar a estas alturas, pero si algo no he olvidado es que sois idiotas y que las cosas se os tienen que explicar de varias maneras, si se quiere que guardéis algún tipo de recuerdo en vuestra memoria. Y quiero que os acordéis, mejor dicho, os vais a acordar. Yo soy Nido Le Groslie, francesa por decisión personal, igual que por decisión personal soy todas las demás cosas que soy. Y esto abarca desde parte de la disposición física de mis células hasta bastantes kilómetros a la redonda, según el estímulo. Yo estuve en el proyecto -y no sé muy bien si dejaré de estarlo nunca- no por decisión propia, sino por un antiguo informe, apareció en el momento adecuado, sobre una estancia en prisión que duró tres meses. Por lo visto, los que elaboraron ese informe estaban algo así como hipnotizados por mi persona. Viene a decir que tengo un útero abstracto más grande que el valle del Amboseli, lo que viene a querer decir que, si hay alguien que pueda contener, ésa soy yo. Aparte, puedo decir que, junto a Zulawsky, soy una de las únicas personas en el planeta que pueden poner en práctica, activa o pasivamente, la comprensión y la generación de idiomas espontáneos. Esto quiere decir que Zulawsky y yo somos las únicas personas que podemos traducir simultáneamente cualquier conversación mantenida con cualquier demente profundo, político, financiero, clochard, comunista, italiano, etc. Y traducirla a otra persona en su idioma profundo, esto es exactamente, traducir puntos de referencia con una precisión que, a veces (la mayoría), se hace insoportable para los interesados. Y, por lo visto, además, según los buenos tipos de Inteligencia, puedo soportar, con mayúsculas.
En comparación con los preparativos, el despegue fue un alivio, aunque fue duro. Las fuerzas que se desatan en el despegue de una nave de treinta mil toneladas son mucho más exageradas que a lo que nos acostumbraron en el curso de aprendizaje. Yo desperté primero, al cabo de tres horas y diecinueve minutos del cero: después de liberarme de los cinturones de seguridad, me acerqué a Speer que aún yacía inconsciente tras la compresión del despegue. Se despertó casi inmediatamente y mandamos nuestro primer mensaje por radio. Para ese momento ya se había desprendido la primera sección de la nave, un simple tanque de combustible que había servido para da el impulso necesario y ponernos en camino hacia Saturno. La velocidad: 115 kilómetros por segundo. Doce años a esa velocidad, en la misma dirección y llegaríamos adonde teníamos previsto. La vuelta a casa era lo de manos. Nadie había contado con que pudiéramos cubrir ni siquiera el camino de ida.
Debo decir que no lo tomamos todo con calma. Retrasábamos voluntariamente cualquier cosa, aunque sabíamos que eso no iba a ser suficiente. A los tres meses nos miramos por primera vez al mismo tiempo. El día quinientos nos acostamos juntos y, el quinientos cuarenta y dos, Speer me penetró por primera vez. Algún día en el cuarto año, nos levantamos de la cama. Podría escribir un libro de mil páginas -y sería corto- uqe explicara el primer beso. Hubo amor y tiempo. En el sexto año, la paranoia penetró en L'Important. En el séptimo, sólo nos veíamos a escondidas de nosotros mismo unos cuantos segundos en los que nos cogíamos de la mano mientras Speer y Le Groslie estaban distraídos. Todo el resto del tiempo, andábamos con cuidado de no tropezarnos en ningún sitio porque nos buscábamos para matarnos. Y supongo que -él igual que yo- no sabíamos qué situación podía ser la menos nefasta. Si yo le volaba la tapa de lo sesos, significaba que después, más tarde o más temprano, yo también tendría que hacer lo propio y no tengo valor para dispararme. Si él me cazaba a mí, en realidad, me haría un favor. ¿Sí? ¡No! Yo lo amaba y sabía que tampoco era capaz de disparar sobre sí mismo. No quería dejarlo solo en medio de aquel montón de hierros ordenados. Pero nos acechábamos todo el tiempo y lo tuve en el centro de mira de mi rifle más de una docena de veces y, cada una de estas veces, yo sabía que él me había tenido en su mira también, y mi sexo se humedecía.
Fue en la hora dos del día dos mil novecientos setenta y dos, cuando abrí la puerta de mi camarote. La puerta sólo la podía abrir yo, con mi voz. Aunque él hubiera conocido las palabras de la combinación secreta, no habría podido imitar mi voz con la precisión necesaria para engañar a la célula de audio. Pero allí estaba, sentado a los pies de mi litera, vestido con mi ropa, maquillado para parecerse a mí, mirando con mi mirada, hablando con mi voz, tocando con mis manos. Desde algún punto lejano, mi yo que se perdía gritaba: ¡Eeeh!, pero era inútil porque yo no deseaba rescatarme. Mis células comprendieron. Yo también quería ser Speer. El pecado original. Fui Speer. Y Speer fue Le Groslie. Fueron Grospeer y Le Speie. Todo en pocos segundos. Durante el camino que había de la puerta a los pies de la litera. Un metro y medio. Cuando llegué a él, lo tomé. Me senté a horcajadas sobre su rodilla izquierda y, cuando lo besé, cayó hacia atrás y yo sobre él. No controlábamos el tiempo. No controlábamos nada. Notaba su existencia y su cuerpo como una suma a lo que ya había venido siendo. Speer no decía nada. Yo tampoco. La misma sensación de la primera paja cuando eres niña. Atracción y miedo. No sé si cuando lo penetré ya estaba muerto, o quizás nunca muriera. No sé cómo logré mantenerme con vida pero, cuando el Tower, un navío comercial, me recogió a la deriva, Speer ya no estaba.
Eso es lo que han contado. Dicen que Speer salió de la nave, pero eso era imposible. Las escotillas estaban cerradas cuando el Tower me encontró. Ahora, estoy en un sitio bonito cuyos límites no me dejan traspasar. He llegado a pensar que después de amarlo, esa vez, me o comí. Eso es lo que quieren que piense, porque todas las demás posibilidades son peligrosas para ellos. Cualuqier otra posibilidad les compromete: porque Speer se fundió con L'Important y, cuando L'Important fue llevado al desguace, fue desguazado Speer. Habría podido fundirse conmigo y permanecer siempre aquí. Pero aquí es el mundo. Es fácil equivocarse en el mundo y, si él hubiera permanecido en mi interior, cualquier equivocación habría significado un infierno para los dos. Quizás, yo hubiera preferido un infierno con él a un infierno sin él. Speer murió cuando las palas y los brazos mecánicos se ocuparon de L'Important.
Et L'Important, c'est d'aimer.
Barcelona, 30 julio 1984
Relato de Zane Speer incluido en su libro
LOS FALSOS PSEUDOIDES
© Kalahari 14, Barcelona 1996